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Curiosidades: Kathryn Bigelow

En Cine L'Atalante somos muy fans del lado más curioso y divertido del cine. En el programa 1x03 ya diseccionamos la parte más lúdica de la carrera de Terrence Malick, y en el programa 1x07 volvió con nosotros Belén Martínez para hablarnos sobre curiosidades en la filmografía de Kathryn Bigelow.

Bigelow, nacida en California en 1951, ha sido siempre una realizadora a contracorriente. Completamente alejada del tipo de cine mal llamado de mujeres (léase el melodrama o la comedia ligera), su carrera está basada en las incursiones en géneros tradicionalmente reservados a directores masculinos, como la acción, el thriller, la ciencia-ficción o el bélico. Así se puede apreciar en títulos como Le llaman Bodhi (1991), Días extraños (1995), K-19: The Widowmaker (2002) o En tierra hostil (2008), película que le valió convertirse en la primera realizadora en conseguir el Oscar a la mejor dirección, más de ochenta años después de la creación de los premios más importantes del mundo y arrebatándoselo al principal favorito, que era precisamente su ex marido James Cameron y su todopoderosa Avatar.

En la sección de Curiosidades nos fijamos sobretodo en tres títulos de Kathryn Bigelow, las mencionadas Días extraños (debilidad personal de Belén) y En tierra hostil, y también en su más reciente trabajo (aún pendiente de estreno en nuestro país) La hora más oscura (Zero Dark Thirty, 2012), en la que narra la operación llevada a cabo para aniquilar a Osama Bin Laden, el terrorista más buscado desde los atentados contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001.

Así que en esta sección podéis encontrar datos curiosos sobre los aparatos de reconstrucción de recuerdos ajenos utilizados en Días extraños, el aspecto desaliñado de Ralph Fiennes, los incómodos trajes que utilizaron los artificieros de En tierra hostil o las supuestas filtraciones de información confidencial para el rodaje de La hora más oscura. Un recorrido interesante para los que disfrutáis de las mejores anécdotas del mundo del cine.



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Nuevo cine español (II): Nueve cartas a Berta


La semana pasada ya os contamos que el Aula de Cinema de la UV dedica su programación de diciembre en la facultad de Filología al Nuevo cine español de los años 60 a través de la proyección de tres títulos clave como Del rosa al amarillo (Manuel Summers, 1963), La caza (Carlos Saura, 1965) o la película de la que hablaremos brevemente a continuación, Nueve cartas a Berta (Basilio Martín Patino, 1965).

Paula de Felipe, miembro del Aula de Cinema y también coordinadora de este ciclo, estuvo con nosotros en la radio en el programa 1x07 de Cine L'Atalante. Nos contó cosas interesantes sobre esta película, que se proyectó el martes 11 de diciembre y que contó con la presentación especial de Áurea Ortiz, profesora de Historia del cine en la Universitat de València y una de las mayores conocedoras del cine español. Nueve cartas a Berta es un buen ejemplo de este intento de modernizar el anquilosado modelo del cine español de mediados de la década de 1960, ya que presenta aspectos novedosos y vanguardistas tanto en el lenguaje fílmico utilizado (montaje, ralentizaciones, voz en off) como en la temática y el argumento.

La película está estructurada en nueve partes, cada una correspondiente a las cartas que el protagonista (interpretado por Emilio Gutiérrez Caba) escribe a su amada Berta, una chica que conoció durante una estancia en Londres. A su regreso a España, el personaje principal le narra a Berta cómo se siente de nuevo en su país natal, contraponiendo las realidades diametralmente opuestas que existían entre la Inglaterra del swinging London y la España conservadora y ensimismada de la época.

Basilio Martín Patino fue, y sigue siendo, uno de los directores más personales y comprometidos de nuestra historia, aunque Nueve cartas a Berta es de alguna manera una rara avis dentro de su filmografía. Esta cinta es una de sus pocas incursiones en el mundo de la ficción, ya que Patino es más conocido por su aportación al género documental, como en el caso de Canciones para después de una guerra (1976), Queridísimos verdugos (1977) o la muy reciente Libre te quiero (2012), en la que ofrece su particular visión sobre el movimiento ciudadano de los indignados y el 15-M. En cualquier caso, Nueve cartas a Berta sigue siendo una película diferente, tanto para su tiempo como para el momento actual, y una buena manera de acercarse a un modo diferente de hacer cine en nuestro país.





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Observando el universo (III): La luna en directo + Viaje a la luna

El Palau de Cerveró finalizó su programación cinematográfica del año 2012 con la sesión que cerraba el ciclo Observando el Universo, el pasado jueves 13 de diciembre. Una sesión muy especial, ya que constaba de una programación doble con nuestro satélite como hilo conductor, con la proyección de La luna en directo (2000) y Viaje a la Luna (1902), dos películas separadas por casi un siglo de distancia.

Poco se puede contar del cortometraje de Georges Méliès que no se haya dicho ya en los múltiples estudios que existen sobre la película y sobre la filmografía del propio Méliès. No en vano, la imagen del cohete estrellándose contra el ojo de una Luna con rasgos humanos es una de las más icónicas de la historia del cine, pero sólo uno más de los incontables trucos visuales que utilizó el director francés. Mago de profesión y cineasta casi por curiosidad, Méliès empleó el por entonces recién nacido cinematógrafo como uno más de los elementos a emplear en su espectáculo de magia. Para él, en el cine lo más importante no era la historia que se contaba, sino la manera en que esa historia se plasmaba en la pantalla, una manera de concebir las películas que de alguna manera se ha conservado desde entonces y que convierte a Méliès en uno de los nombres imprescindibles de los orígenes del cine.

Inspirada muy libremente en la novela De la Tierra a la Luna (1865) de Jules Verne, Viaje a la Luna utiliza la base literaria como simple pretexto para narrar una historia de aventuras sobre los primeros terrícolas en pisar el satélite y sobre las increíbles criaturas que allí se encuentran, una excusa perfecta para utilizar todo tipo de trucajes cinematográficos que aún hoy (más de un siglo después de su estreno y estando como estamos acostumbrados a todo tipo de alardes visuales) siguen resultando fascinantes.

Por su parte, el largometraje La luna en directo (The Dish, 2000) es una producción australiana dirigida por Rob Sitch, y que ficciona los hechos reales ocurridos durante el mes de julio de 1969. En aquél momento, la misión americana del Apolo XI ponía por primera vez al ser humano en la Luna, y fue una enorme antena de telecomunicaciones australiana la encargada de recibir y transmitir la señal de Neil Armstrong y compañía a todo el mundo. La película (protagonizada por Sam Neill, uno de los actores australianos más reconocidos y recordado sobretodo por Parque Jurásico o El piano, ambas de 1993) narra esos importantes momentos en un tono ligero y de comedia bienintencionada, que sobretodo funciona en la contraposición entre el carácter recto y severo del representante de la NASA y el dibujo de los habitantes de ese pequeño pueblo en medio de la inmensidad de Australia que ha sido depositario de tan elevada misión. Además, el film intenta poner de manifiesto la relevancia que ese hecho histórico tuvo en su época, quizá el momento que congregó a más gente de todo el mundo ante la pantalla de un televisor.

En el programa 1x07 de Cine L'Atalante contamos con la presencia de Elisa Hernández, quien nos habló de esta doble sesión tan especial con la que el Aula de Cinema de la UV pone punto y final hasta 2013 a la programación cinematográfica en el Palau de Cerveró.









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El Remake: Kurosawa vs. Leone


La historia del cine está repleta de guiños, homenajes, reelaboraciones y reinterpretaciones de rasgos estilísticos de grandes directores por parte de aquellos que les sucedieron. Podemos decir, incluso, que esto permite la actualización de estos estilemas a cada una de las épocas y, por tanto, el avance del arte cinematográfico. Eso sí, una cosa es inspirarte en el modo de hacer cine de un director en concreto y otra muy distinta copiar descaradamente una idea o un argumento. O, peor aún, no hacerlo y no reconocerlo.

Por eso es una suerte contar en nuestro equipo con alguien tan avispado como Guillermo Rodríguez, siempre pendiente de encontrar los casos más jugosos de copias reconocidas y plagios ocultos dentro de la vasta historia del cine, y traernos sus historias en la sección El Remake. En el programa de Cine L'Atalante 1x07, Guillermo nos recordó una situación muy llamativa aunque poco conocida, y que tiene como protagonistas a dos de los mejores directores de la historia del cine.

Nuestra historia comienza en 1961. En ese año Akira Kurosawa escribe, junto a Ryûzô Kikushima, el guión de Yojimbo, que también se encarga de dirigir. Kurosawa era por aquel entonces un director conocido fuera de su Japón natal, gracias al éxito de films como Rashomon (1950) y sobretodo Los siete samuráis (1954), películas que por cierto también tuvieron sus correspondientes remakes. Pero volviendo a Yojimbo, la cinta narra la llegada de un samurái apátrida y anónimo (magistralmente interpretado por Toshiro Mifune, actor fetiche de Kurosawa) a un pequeño pueblo en el que dos facciones enfrentadas luchan por el control territorial. El samurái consigue, gracias a su inteligencia y su instinto, moverse entre los dos bandos para fomentar el conflicto y sacar tajada económica para su propio beneficio.


Avanzamos ahora unos pocos años y viajamos desde el lejano oriente hasta la vieja Europa. Allí, en Italia, se estrena la segunda película de un realizador completamente desconocido que hasta entonces había trabajado como director de segunda unidad y en productos de cine histórico de medio pelo. Su segunda película cuenta además con un protagonista americano, poco conocido en su país y absolutamente anónimo fuera de él, y con la música de un compositor cuyo nombre no le suena a casi nadie. El film al que nos referimos lleva por título Por un puñado de dólares (1964), está dirigido por Sergio Leone, protagonizado por Clint Eastwood y la banda sonora corre a cargo de Ennio Morricone, curiosamente compañero de pupitre de Leone en la infancia.

Por ese azar que a veces convierte la historia en algo maravilloso, Por un puñado de dólares tuvo un éxito inesperado. La película estaba destinada a ser uno más de los proyectos de western italiano de tercera fila (y que la historiografía bautizó después como spaghetti western) destinado a completar alguna sesión doble polvorienta y olvidable en cines de mala muerte. Sin embargo, este film tenía algo que lo hacía completamente diferente, ya sea la interpretación hierática pero carismática de Eastwood, la concepción del plano y la violencia de Leone o la ambientación musical tan particular de Morricone. El caso es que la película se convirtió en todo un fenómeno, y aún hoy es uno de los films más rentables de la historia en cuanto a proporción entre coste y recaudación.

Lógicamente, el hecho de que la película fuera más conocida de lo esperado hizo que su éxito llegara a oídos del propio Kurosawa, quien tuvo la sospecha de que Leone le había copiado. Y no le faltaba razón, porque Por un puñado de dólares cuenta la llegada de un pistolero sin nombre a un pueblo del far west (del far west de Almería, se entiende) en el que hay dos familiar enfrentadas, los Rojo y los Baxter, una situación de la que se aprovecha este pistolero para sacar beneficio oscilando entre los dos bandos. Es decir, una situación calcada a la de Yojimbo aunque cambiando las espadas por revólveres y el kimono de samurái por el poncho raído de Eastwood. 

Nada hubiera pasado si Leone hubiera reconocido la evidencia, pero el orgulloso director italiano negó la mayor, y Kurosawa se vio obligado a denunciar el plagio por los cauces legales. Lógicamente se reconoció que Por un puñado de dólares es una copia de Yojimbo, y Leone fue multado y perdió los derechos de exhibición de su película en Japón, Corea y Taiwan. Eso sí, el incidente no perjudicó la carrera de ninguno de los dos. Kurosawa siguió haciendo obras maestras hasta su muerte y Leone pudo completar la trilogía del dólar con La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), convirtiéndose en uno de los realizadores más innovadores de la segunda mitad del siglo XX. Y aún hoy en día, cuesta quedarse con alguna de estas dos películas maravillosas.






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