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Apuntes sobre Breaking Bad

No nos cansamos de repetir de que no sólo nos gusta el cine en pantalla grande, sino que también disfrutamos como enanos viendo series de TV hasta dejar la marca de nuestros traseros en el sofá. Os recordamos que hace unas semanas (en el programa 1x03) inauguramos nuestra sección de Seriefilia hablando de Arrested Development. Pues bien, la sección tiene su segunda entrega en el programa 1x06, en el que Elisa Hernández nos trae uno de los must see shows de los últimos años, la archireconocida Breaking Bad (2008-).

Aunque lo de archireconocida es ahora, puesto que Breaking Bad (creada por Vince Gilligan, uno de los guionistas de Expediente X) no estaba destinada en principio a tener el éxito que después ha cosechado. Rechazada por las grandes cadenas públicas, fue un pequeño canal de televisión por cable como la AMC la que apostó por este producto. A la AMC le había salido bien la jugada con Mad Men (otra serie de superéxito que tuvo que distribuirse por canales secundarios), y de nuevo volvió a dar en el clavo con Breaking Bad y también con The Walking Dead, su otro principal caballo de batalla en la lucha por las audiencias. Como decíamos, Breaking Bad no era precisamente un caramelo para las grandes cadenas. Sin actores de renombre y ambientada en el siempre peliagudo mundo de las drogas, muchos tuvieron reparos para añadirla a su parrilla. Craso error.

Pero, ¿qué tiene Breaking Bad para haberse convertido en una de las series más comentadas de los últimos tiempos?. En primer lugar, un punto de partida sumamente atractivo: a un anodino profesor de química de instituto le diagnostican un cáncer terminal de pulmón. Aterrado ante la idea de contárselo a su familia pero necesitado de dinero para dejarles la vida solucionada cuando muera, decide asociarse a un antiguo alumno para fabricar y distribuir metanfetamina. Ahí queda eso. 

En segundo lugar, el carisma de su protagonista, un Bryan Cranston en estado de gracia y cuyo nombre quedará para siempre asociado al de su alter ego de ficción Walter White. Impresiona el desarrollo de ese personaje, que pasa de ser un inofensivo profesor de química con gafas de pasta a todo un capo de la droga en Nuevo Mexico conocido como Heisenberg. La evolución de Walter White representa en lo que podemos convertirnos cuando no tenemos nada que perder, y también es otro magnífico ejemplo de la dislocación de la personalidad en dos mitades, la cara que mostramos ante los demás y ese lado oscuro al que intentamos convertir en el otro, en nuestro doppelgänger, pero que también forma parte de nuestra naturaleza.

Podríamos seguir con la lista de razones que nos llevarían a recomendar Breaking Bad, desde la fotografía a los actores secundarios, pero lo mejor es que escuchéis el programa y sobretodo que os sentéis frente a la tele con un buen surtido de provisiones y disfrutéis de las cinco temporadas de esta serie absolutamente imprescindible.



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Nuevo cine español (I): Del rosa al amarillo


Con la llegada del mes de diciembre, el Aula de Cinema de la UV propone para cerrar este año 2012 un acercamiento al Nuevo Cine español de la década de 1960. Como es sabido, los sesenta suponen un punto de inflexión en la historia del cine a nivel global, pues podrían considerarse la bisagra entre el clasicismo y la modernidad. Si tomamos como ejemplo Hollywood (queramos o no, la vara de medir desde la que se configuran el resto de historiografías locales), los 60 certifican la muerte de la dorada época clásica y la aparición de una nueva forma de hacer cine, menos ligada al tradicional sistema de producción de los grandes estudios y más centrada en la figura del director, apareciendo nombres como Coppola, Scorsese, Cassavettes, Bogdanovich, Kubrick, Allen, etc., todos ellos abanderados de lo que se conoce como el nuevo Hollywood y que se convierte en la nueva referencia a la hora de entender el cine americano.

Pero no sólo en EE.UU. se produjo ese tránsito entre lo clásico y lo moderno. La vieja Europa también tuvo su particular metamorfosis. El free cinema británico, la nueva generación de realizadores italianos alejados del neorrealismo (Fellini, Pasolini, Antonioni), el nuevo cine alemán (Schlondorff, Herzog, Fassbinder, Wenders) o, por encima de todos por mitología y cantidad de estudios a su servicio, la nouvelle vague francesa, suponen pequeñas revoluciones contra el orden fílmico establecido y que, cada una a su manera y unas con más éxito que otras, marcan un camino de no retorno en nuestra concepción de las películas.

A su modo, y con todas las limitaciones imaginables derivadas de una época tan complicada, España tuvo también su primer intento de subirse al carro de la modernidad. Las Conversaciones de Salamanca de 1955 y la creación en 1962 de la Escuela Oficial de Cine contribuyeron a formar un caldo de cultivo en el que se formarían directores como Mario Camus, Miguel Picazo, Carlos Saura o Basilio Martín Patino, estos dos últimos presentes en el ciclo que el Aula de Cinema proyecta en diciembre. La idea era desterrar definitivamente ese cine franquista anodino que perpetra la imagen de la España de charanga y pandereta, y empezar a concebir el cine como expresión artística, en consonancia con lo que estaban haciendo los vecinos europeos. Por desgracia, el experimento no tuvo el éxito deseable, y la modernidad española duró poco, arrastrada por el cine de destape, suecas y bañadores turbo derivado del aperturismo económico mal entendido. Después de eso llegó la transición, la democracia y la sumisión casi absoluta a los modelos económicos y estilísticos del cine americano, propagándose además ese complejo de inferioridad endémico al cine español y que se extiende a toda la industria y al público, y que impide a nuestro cine avanzar en una dirección firme y concreta.

Pero volviendo a nuestro ciclo, en el programa Cine L'Atalante 1x06 charlamos con Belén Martínez de Del rosa al amarillo (1963), la película que abre este recorrido por la modernidad española de los 60. Dirigida por Manuel Summers (quizá el menos autor de los directores que conforman el ciclo), la película es un buen ejemplo de esa intención de superar los clichés del cine anterior. Para empezar, el film es una película romántica sin demasiada filigrana, pero con la importante peculiaridad de que se centra en el amor en dos épocas casi inexploradas por el cine, como son la infancia y la vejez. La parte del rosa es la historia de amor de dos niños preadolescentes separados durante el verano, y la parte del amarillo es la de dos ancianos enamorados que viven su romance furtivo entre las paredes de un asilo. Es decir, una visión romántica alejada de los cánones tradicionales, un hecho que por sí solo invita a ver la película.

El film, como decimos, abre el ciclo Nuevo Cine español: la modernidad de los años 60, y se pudo ver el miércoles 5 de diciembre a las 18 horas en la facultad de Filología, Traducción y Comunicación, con la presentación de la propia Belén Martínez y Paula De Felipe. El ciclo lo completan Nueve cartas a Berta (Basilio Martín Patino, 1965), el martes 11 de diciembre, y La caza (Carlos Saura, 1965), el miércoles 19. Por supuesto, tanto en la radio como en los demás medios del Aula de Cinema informaremos puntualmente de todas las actividades.



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Medio siglo de Polanski

En Cine L'Atalante somos también bastante mitómanos, y por eso nos gusta estar pendientes de los aniversarios de fechas importantes en la historia del cine. Si este verano dedicamos un ciclo al cincuenta aniversario de la muerte de Marilyn Monroe en Nits de Cinema, en nuestro programa de radio hemos introducido una siempre jugosa sección de efemérides, de la mano de Amelia Falcó y Mabuse, y que lleva por título Se cumplen.

Como ellos mismos dijeron, ¿qué mejor manera de debutar en una sección sobre aniversarios que recordando la ópera prima de un director? Una magnífica idea, sobretodo tratándose de la primera película de un grande como Roman Polanski, uno de los realizadores más influyentes de todos los tiempos y que aún hoy sigue siendo una referencia para los amantes del cine. Así, mucho antes de Chinatown (1974), Frenético (1988) o El pianista (2002), Polanski había iniciado su trayectoria en el largometraje (después de dirigir un buen puñado de cortos) con El cuchillo en el agua (Nóz w wodzie, 1962). Curiosamente, esta sería la única película que Polanski rodaría en su Polonia natal, ya que después emigraría a Francia, Gran Bretaña, EE.UU. y actualmente Suiza por las causas que todos conocemos y que poco tienen que ver con su carrera fílmica.

El cuchillo en el agua supone un hito en muchos sentidos. En primer lugar, es una película compleja dentro de su sencillez. Partiendo de una historia mínima, casi anecdótica (una pareja que va a pasar el fin de semana navegando con su velero invita a que les acompañe a un autoestopista desconocido), el film traza sutilmente una red de relaciones entre los tres personajes que siempre da la sensación de poder quebrarse en cualquier momento. Las situaciones de risas y tranquilidad se alternan con momentos de tensión cada vez más constantes, especialmente a partir de la aparición del cuchillo del título, que no es más que un mcguffin para simbolizar la lucha de poder entre los dos hombres (el joven impetuoso y el maduro que trata de marcar su territorio y demostrar su superioridad), en un complicado equilibrio en el que la mujer supone el vértice equidistante entre los dos polos enfrentados.

Por otro lado, El cuchillo en el agua ya apunta uno de los rasgos más característicos de la filmografía de Polanski, esa querencia por los espacios cerrados y las situaciones incómodas, acentuadas por la contracción del propio espacio físico. No en vano, alguna de las mejores obras polanskianas tienen como leitmotiv la claustrofobia, los personajes encerrados y obligados a convivir e interactuar en un entorno muy limitado, con las consecuencias que de ello se derivan. No hay más que pensar en Callejón sin salida (1966) o más recientemente en Un dios salvaje (2011) para encontrar estos elementos, pero que encontrarán su máxima expresión en la que algunos llaman la trilogía del apartamento, compuesta por Repulsión (1965), La semilla del diablo (1968) y El quimérico inquilino (1976).

Así pues, el programa Cine L'Atalante 1x06 echa la vista atrás y recuerda los cincuenta años del debut en el cine de Roman Polanski, una película como El cuchillo en el agua que todavía conserva un aura incontestable de modernidad más de medio siglo después de su estreno.





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Cuando el cine se viste de corto


Lo que hace grande a una historia, como todo el mundo sabe, nada tiene que ver con su duración, sino más bien con la capacidad de atrapar a quien la escucha, con la profundidad de sus personajes, con la belleza de sus palabras o sus imágenes. En el cine, como en la literatura, no siempre es necesario dilatar la narración para conseguir el efecto deseado. Por eso, el cortometraje ha sido, desde los orígenes del cine (no olvidemos que esas primeras películas hoy estarían consideradas como cortometrajes) un medio perfectamente capaz de contar una historia sin saltarse ninguno de los elementos que la hacen atractiva.

En Cine L'Atalante 1x06 inauguramos una nueva sección, dedicada a los cortometrajes y a su peculiar manera de contar historias y jugar con el tiempo. En esta primera entrega, nuestra compañera Vittoria Zanetti nos trajo dos ejemplos muy diferentes en cuanto a la concepción del cortometraje. El primero de ellos lleva por título Cada minuto una revolución (2007) y está realizado por Jacob Dalmau, Lluismi Hurtado, Marc Igual y Eloy Ortiz. Como su nombre indica, el film dura exactamente un minuto y se compone de una voz en off (de la actriz Lisa Rosaz) que se superpone a una sucesión de imágenes aparentemente inconexas, que remiten a la idea de paso del tiempo pero también a la desigualdad o la injusticia. 


Muy diferente es Lo siento, te quiero (2009), ópera prima como directora y guionista de la actriz Leticia Dolera, más conocida por sus interpretaciones en la serie Al salir de clase (2000-2002) o, más recientemente, en el largometraje [REC]3 Génesis (2012). Precisamente, el director de esta última, Paco Plaza (su actual pareja), ejerce como productor en Lo siento, te quiero, una love story aparentemente convencional pero que encierra aspectos muy destacables sobretodo a nivel de efectos visuales y maquillaje, y que cuenta con la participación de los actores Antonio Barroso y Manuela Vellés. Una propuesta, narrativa y visualmente, muy distinta al corto anterior pero que también demuestra la capacidad del cortometraje para contar buenas historias.





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